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CRÓNICA | EL PALENQUE INVISIBLE DE DELIA ZAPATA OLIVELLA.

Por : Efraín César Marino Rincón @efrainmarinojr Director Revista Bogotá Nocturna. Proyecto de fortalecimiento a medios de comunicación de la localidad de La Candelaria @alcalfiadelacanderia www.lacandelaria.gov.co

En La Candelaria las calles no solo suenan, crujen, como si cada paso despertara algo viejo, algo que nunca se fue del todo, hay casas que miran en silencio, balcones que parecen vigilar el tiempo, y entre todo eso, casi escondida, hay una puerta cualquiera, una fachada más, pero no lo es.

Porque adentro, todavía, algo late, no es una casa, es un eco, un tambor que no se cansa. Ahí vivió Delia Zapata Olivella, o mejor, ahí sigue viviendo.

Conviene llegar temprano, cuando Bogotá todavía no se pone la máscara de afán, cuando el centro se despereza con timidez, un tinto humea en la esquina, alguien barre sin ganas, y en el aire, si uno se queda quieto, parece colarse una marimba que nadie está tocando, en ese silencio raro, La Candelaria deja de ser capital, se vuelve territorio, y Delia lo sabía.

Caminaba estas calles como quien reconoce algo que ya había vivido antes, como si Bogotá, tan fría, le hablara en clave de tambor, ella no vino a quedarse, vino a sembrar; y sembró identidad.

LA CASA QUE SE VOLVIÓ TERRITORIO

Hay direcciones que son apenas números, esta no. (Calle 10 # 2-43). Dicho así no significa mucho, pero párese ahí, quédese un momento, mire la puerta, respire lento… y algo cambia.


Ahí funcionó su casa, ahí entraron cuerpos que no aparecían en los libros, ahí el país llegó sin permiso, descalzo, con tambor, con canto, con esa memoria que casi siempre incomoda, no era una academia, no era un salón de ensayo, era otra cosa.

Un palenque, pero sin cadenas visibles, un lugar donde nadie huía, pero todos resistían, donde cada paso era una forma de decir “seguimos aquí”. Dicen que las paredes todavía guardan el ritmo y yo les creo.

2026: EL AÑO EN QUE DELIA VOLVIÓ A NACER

Este año tiene algo distinto, se siente en el ambiente, en los escenarios, en los cuerpos que vuelven a moverse con intención. Cien años.


Un siglo desde que nació Delia en Lorica, y el país, como si apenas despertara, decide nombrarla en voz alta, el Ministerio de las Culturas y otros espacios han llenado la agenda de homenajes, talleres, funciones, encuentros, pero más allá de la programación, lo que se percibe es otra cosa… una necesidad de volver a ella, de entenderla, de alcanzarla.

A pocas cuadras de su casa, en el Centro Nacional de las Artes que lleva su nombre (Calle 11 # 5–60), la ciudad intenta ponerse al día, ahí la danza no es espectáculo, es memoria viva, es conversación pendiente, y uno entiende que esto no es una celebración, es una deuda.

LA CANDELARIA COMO ESCENARIO VIVO

Porque Delia no dejó estatuas, dejó pulsaciones, está en los grupos que ensayan en patios prestados, en los estudiantes que descubren que la cumbia no nació en un salón, en los cuerpos que se niegan a moverse igual que todos, está en lo que incomoda, en lo que resiste y sobre todo, está en esa casa. Esa de la Calle 10, donde, si uno afina el oído, parece que alguien siguiera marcando el compás.



EL LEGADO QUE NO TERMINA

Delia no enseñó pasos, enseñó a mirar, a entender que en el otro, (en el negro, en el indígena, en el mestizo), no hay diferencia, hay raíz; y eso, en un país como este, es casi una revolución.


Por la noche, cuando La Candelaria se vacía, cuando los turistas se van y el ruido baja, queda algo suspendido, como un latido terco, y este 2026 suena más fuerte; y si usted se para ahí, frente a esa casa, en la Calle 10 # 2-43, y se queda en silencio, sin afán, sin celular, sin excusas… puede que lo escuche, un tambor, lejano, pero claro… no es sugestión. Es Delia, y esa casa… esa casa todavía baila.

 
 
 

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